miércoles, 17 de septiembre de 2008

Heys . Expansión económica

  1. La agricultura europea a principios del siglo XVI.

Al comenzar el siglo XVI no sufrieron cambio alguno notable los fundamentos de la sociedad europea, que siguió apoyándose, como lo hizo inmemorables siglos, en la agricultura. La gente seguía contando su riqueza y posición social por la extensión de tierra laborable que poseyera. La agricultura seguía siendo la ocupación de la inmensa mayoría de los habitantes de los Estados europeos. Las “masas” vivían en el campo, no en la ciudad.

Era seguro encontrar a la población rural netamente dividida en dos clases sociales: nobles y campesinos. Comprendía la nobleza las familias que se ganaban la vida de la tierra sin prestar un trabajo manual. Tenían sobre la tierra un dominio feudal.

Por el XVI las ulteriores generaciones de nobles no servían ya de la manera tradicional al rey, al país ni a los villanos, aunque continuaran disfrutando, por derecho de herencia, de los ingresos económicos y de la posición social que sus antepasados conquistaron. La nobleza se sentía atraída cada vez más hacia una vida de diversiones y molicie en las cortes regias.

Los campesinos, siendo villanos de nacimiento, eran considerados socialmente inferiores, estúpidos y groseros. (AH BUE!, Ves Chicho?? Hay que leer libros!! Esto es ilustrarse, joder!)

La servidumbre había tendido a desaparecer gradualmente de la Europa occidental, en tanto que se intensificaba, por otra parte, durante los siglos XVI y XVII, en Prusia, Hungría, Polonia y Rusia.

Hacia fines de la Edad Media, a consecuencia de las Cruzadas y guerras civiles, y de la aparición de las monarquías nacionales, así como de las “pestes”, simultáneamente mortales para hombres y animales, apareció un profundo cambio agrícola muy notorio ya hacia el 1500. Iba desapareciendo el feudalismo. Los nobles, en lugar de labrar sus propios señoríos con los servicios habituales y tradicionales de los siervos, se iban convirtiendo en rentistas; empezaban a considerar sus fincas como empresas capitalistas y a esperar de ellas no sólo el sostenimiento, sin beneficios. Implicaba esto el que buen número de los campesinos se fueran convirtiendo en renteros libres, arrendatarios o labradores asalariados. (Nota de la casa: ya no son estúpidos, sino vivos... esta es la historiografía del futuro carajo!!)

Mientras los labradores más prósperos se convertían en colonos, muchos de sus vecinos más pobres estaban dispuestos a renunciar a todo derecho a sus pequeños terrenos y dedicar su tiempo íntegro a trabajar por un salario fijo las tierras que el noble cultivaba para él mismo. Así, se iba formando un grupo de labradores asalariados que no tenían derecho a más tierra que aquella en que se alzaban sus chozas miserables y acaso sus pequeños huertecillos.

Aparte de éstos y los colonos, iba apareciendo un tercer grupo de labradores en lugares en los que el noble propietario no gustaba de ocuparse en dirigir el cultivo de sus tierras. En estos casos la parcelaba entre campesinos determinados, suministrándoles ganado y un arado, y exigiendo, en cambio, una proporción fija de los productos.

Al llegar el siglo XVI las antiguas obligaciones de la servidumbre resultaron acerbas para el campesino y demasiado poco provechosas para el noble.

La emancipación no había librado en modo alguno a los campesinos de la Europa Occidental de las trabas que como siervos hubieran de sufrir.

El sistema señorial perduró, en otro aspecto, mucho después de comenzar la decadencia de la servidumbre, en los métodos de cultivo. Los toscos sistemas de cultivo y los fuertes tributos que exigía el señor debían de dejar a los labradores muy poco para sí mismos.

Había un sitio en el que el noble y el campesino se encontraban en condiciones de igualdad: la iglesia del lugar. El cura de la aldea, a menudo, de humilde cuna también, era a un tiempo amigo y protector del pobre y director espiritual del señor. En las demás ocasiones no había gran cosa que viniera a perturbar la monotonía de su vida rural. No eran indispensables las relaciones con otros lugarejos. La Europa de aquellos tiempos carecía casi de caminos. El magnífico sistema de las antiguas calzadas romanas estaba destruido. Las comunicaciones a larga distancia resultaban, por tanto, difíciles e inseguras; el transporte de gran volumen sólo era posible por vía fluvial o marítima.

Aisladas del mundo exterior y bastándose a sí mismas, las aldeas perduraban siglo tras siglo conservando sus costumbres antiguas y atesorando sus tradiciones. La campiña desconfiaba instintivamente de todas las novedades; prefería las costumbres antiguas a las nuevas; era profundamente conservadora.

2. Ciudades y comercio europeos a principios del siglo XVI.

Aparte de las opulentas ciudades-estado italianas y algunas otras, cuya historia databa de las épocas griegas y romanas, la mayor parte de las europeas no procedían sino de fines del a Edad Media. Al llegar el siglo XVI muchas ciudades habían salido ya de su infancia y disfrutaban de considerable influencia económica y política.

En los nacientes Estados nacionales, los monarcas favorecían habitualmente a las ciudades para combatir al feudalismo, y los ciudadanos se convirtieron, naturalmente, en fervientes partidarios de una fuerte monarquía nacional.

En la mayor parte de las ciudades europeas del año 1500, existía de mucho tiempo atrás una organización urbana típica, denominada gremio o asociación de mercaderes. Estaban en todas partes en decadencia, pero conservaban aún muchas de sus primitivas y más gloriosas tradiciones. Fueron éstos particularmente eficaces como organización protectora: consiguieron hacer frente al “señor”, que insistía en reclamar sus derechos feudales sobre la ciudad. Para fomentar los negocios del gremio, a veces era conveniente pactar convenios especiales con ciudades vecinas. La función más importante de los gremios estribaba en la ordenación del mercado propio. No se permitía sacar de la ciudad mercancía alguna que los habitantes estuvieran dispuestos a adquirir, y todas las que entraban en ella habían de pagar un impuesto. Los síndicos nombrados por el gremio para vigilar el mercado, trataban de impedir como prácticas ilícitas el “acopio” comprar fuera del mercado, el “monopolio”, y la “reventa”.

Al sobrevenir la expansión del comercio y la industria en los siglos XIV y XV, el gobierno de los antiguos gremios de mercaderes quedó limitado, se hizo arbitrario o pasó a ser simplemente nominal. En aquellos lugares, en que los gremios de mercaderes se convirtieron en asociaciones oligárquicas, perdieron su ascendiente ante la sublevación de los “gremios de artesanos” más democráticos. Estos gremios salieron a la luz en los siglos XIII y XIV, y fueron algunas veces, como en Alemania, producto de un levantamiento popular contra los gremios corruptos y oligárquicos de los mercaderes; y otras trabajaban en perfecta armonía con ellos. Más, a diferencia de los gremios de mercaderes, el de artesanos se formaba con el personal de una sola industria, y manejaba en detalle la fabricación y la venta de los artículos. El aprendizaje de un oficio procede de una costumbre de estos gremios de artesanos, que sobrevivió a su desaparición. El aprendizaje se proponía conseguir que fueran enseñados debidamente los aspirantes a un oficio.

Los gremios de artesanos sufrían, al llegar el siglo XVI, diversas enfermedades internas que minaban gradualmente su vitalidad. Tendían a hacerse monopolizadores y a encauzar su poder y riqueza por surcos hereditarios. Muchos gremios mostraban una tendencia a dividirse, en cierto modo, según las líneas modernas de capital y trabajo.

Los gremios de artesanos habían de seguir disfrutando de influencia durante algún tiempo, a despecho de todas sus imperfecciones, para ir decayendo lentamente a medida que surgían nuevos oficios que escapaban a su intervención; sucumbiendo gradualmente a la competencia con capitalistas, que se negaban a someterse a las ordenanzas del gremio y habían de desarrollar un nuevo sistema de “artesanía”; y sufriendo, finalmente, en las monarquías tradicionales, la lenta disminución de prestigio que la intervención real implicaba.

Hay que tener en cuenta que las ciudades europeas del 1500 eran relativamente pequeñas, una ciudad de 5000 habitantes se tenía por grande entonces; y aún las mayores, como París, Londres, Sevilla, Venecia, Lubeck y Brujas tenían poblaciones de menos de cien mil habitantes. Habitualmente la ciudad estaba cercada por fuertes murallas y no se podía entrar más que pasando por las puertas. Las vías (calles) solían estar en deplorable estado. No existía alcantarillado general en la ciudad, sino tampoco conducción publica de aguas.

A pesar del relativo atraso y desaliño de las ciudades, sus habitantes (la burguesía, más bien que el paisanaje o la nobleza) fueron quienes estaban echando ya los cimientos de la sociedad predominantemente burguesa de los tiempos modernos. Crecían las ciudades, se extendía su comercio, sus fabricantes se hacían más peritos y sus mercaderes más emprendedores; empezaba a buscar nuevas y remotas fuentes de riqueza y a establecer el régimen del capitalismo moderno.

La revolución económica, manifiesta ya en el siglo XVI, no fue un levantamiento brusco. Se había ido desarrollando subrepticiamente con el comercio renaciente de fines de la Edad Media, dentro de Europa, y entre ésta y Asia. Por su situación favorable, los armadores de Venecia, Génova y Pisa se vieron enriquecidos por los barcos italianos que iban y venían a Tierra Santa. Las cruzadas no sólo permitieron a los mercaderes italianos traer a Occidente artículos orientales, sino que aumentaron la demanda de los mismos. Estas mercaderías eran en primer lugar, especias: canela, jengibre, nuez moscada, clavo pimienta. Las especias eran lo más indicado para prestar incentivo a la alimentación monótona y sencilla que se llevaba en ese tiempo, y el epicúreo del siglo XVI se hubiera considerado verdaderamente desdichado sin ellas.

Existía entonces, como siempre, gran demanda de piedras preciosas para el adorno personal y la decoración de relicarios y vestiduras eclesiásticas. Oriente no sólo era un emporio de especias, joyas y medicamentos, sino la fábrica de artículos y mercancías de maravillosa delicadeza, con las que Occidente no podía rivalizar: vidrios, porcelanas, sedas, rasos, alfombras, tapices y metal repujado.

A cambio de los múltiples productos de Oriente, Europa sólo podía dar el paño burdo de lana, arsénico, antimonio, mercurio, estaño, cobre plomo y coral; y había siempre, por tanto, una diferencia para el mercader europeo, que tenía que pagar en plata y oro, con lo que las monedas de estos metales empezaron a escasear en Occidente.

Desde Italia, las rutas comerciales llevaban, a través del os desfiladeros de los Alpes, a todas las partes de Europa. Los caminos eran tan malos que había que transportar la mercadería a lomo, en lugar de carros. Los puentes eran escasos, por lo que viajar no era sólo penoso sino también caro. Además, los ladrones infestaban los caminos y los mares los piratas.

A despecho de obstáculos casi insuperables, el comercio se extendía notablemente por Europa. Al frente de él aparecían las repúblicas italianas, especialmente Venecia; la Liga de las ciudades alemanas y las ciudades de los Países Bajos, especialmente Brujas y Amberes. Fueron las ciudades de los Países Bajos las únicas que mostraron una vitalidad comercial duradera y, al consolidar su posición bajo los príncipes de la casa de Habsburgo en el XVI, se hizo patente que el centro de gravedad del comercio y la industria europeos se iba trasladando, gradualmente, desde el Mediterráneo y el Báltico, a la costa atlántica.

El desarrollo de fuertes monarquías nacionales en la Europa occidental, que coincidió con este traslado, lo apresuró indudablemente. Las monarquías nacionales de la costa atlántica se dedicaban a combatir el feudalismo y fomentar la burguesía, y por razón de la expansión territorial t el gobierno centralizado se hallaban en mejor posición para proteger y aumentar el comercio de sus ciudadanos burgueses, castigar a los piratas y bandoleros, conservar los caminos y reprimir los excesos de peaje y portazgos.

5. Origen del capitalismo moderno.

Una de las consecuencias más significativas de la expansión de Europa en el siglo XVI fue el estímulo que constituyó para la aparición del capitalismo en ella.

El “capitalismo” se ha definido como “la organización en gran escala de los negocios por un patrono o sociedad de patronos que, poseyendo reservas acumuladas de riqueza (capital), pueden adquirir con ellas materias primas y herramientas, y contratar mano de obra, de modo que produzcan una mayor cantidad de riqueza, que constituye el beneficio”.

Hacia fines de la Edad Media, ocurrió en Europa un cambio gradual y casi imperceptible, contribuyeron a él las Cruzadas, el desarrollo y la extensión del comercio, el progreso de las ciudades y la consolidación de las monarquías nacionales.

El nuevo espíritu capitalista se manifestaba, sobre todo, en las ciudades. Algunas gentes de los gremios lograron acumular fortunas personales. A las ciudades llegaba, además, gentes que no tenían relación con los gremios tradicionales y utilizaban su independencia para acumular personales fortunas. Todos estos grupos empleaban sus “ahorros” o “capital” en el fomento del comercio, y a medida que éste se extendía crecían las ciudades, aumentando con ello el valor de sus terrenos, con lo que los propietarios añadían esta “plusvalía” a su capital.

Las ciudades italianas fueron las que más se beneficiaron con la expansión del comercio que coincidió con las Cruzadas y las siguió inmediatamente, y en ellas fue donde primero se dio forma a uno de los grandes recursos del capitalismo moderno: la Banca. En Florencia, se encuentra la familia más famosa de banqueros, los Médicis. El capitalismo género Médicis del 1500 no hubiera podido, sin embargo, llegar a transformarse en el gigantesco capitalismo actual si hubiera seguido apoyándose principal o únicamente en Europa. En una palabra, Europa en el 1500 carecía de la a clase trabajadora fabril, la maquinaria industrial, los recursos naturales y los tesoros financieros que requería el ulterior desarrollo del capitalismo.

Por sus nuevas relaciones del siglo XVI con el resto del mundo consiguió Europa en gran medida lo que le faltaba en su Continente. Lo que apresuró y acentuó la aparición del capitalismo en la Europa Moderna fue la dominación de Asia, África y América. El único factor del capitalismo posterior que le faltaba aún en el 1500, y que Europa no recibió de otros continentes, era la maquinaria industrial para la rápida producción en masa de artículos. Los beneficios que llovían sobre Europa de tales fuentes se completaban con el empleo, sobre todo en América, de un método de trabajo enteramente distinto del tradicional dentro de Europa.

Las nuevas bases de trabajo ultramarinas tenían un nombre: esclavitud. Los españoles y portugueses llegaron a someter casi a la esclavitud a los indígenas. Más tarde, cuando, incitados por sacerdotes y frailes humanitarios, trataron los monarcas nacionales de proteger a los indios y fomentar su conversión al cristianismo, más bien que su exterminio, los colonos echaron mano de los negros como esclavos.

Desde mediados del XV venían ya los portugueses aprendiendo de los moros musulmanes que se podía comprar o coger y utilizar como esclavos a los negros africanos, y habían empezado a utilizar sus factorías de África como centros para la “trata”.

A primera vista podría parecer que España y Portugal, descubridores en ultramar de la exploración, colonización, comercio, saqueo y esclavitud, habían de amasar reservas enormes de capital y acabar siendo los dictadores financieros de toda Europa. No ocurrió realmente así. En realidad fue sólo una pequeña minoría de españoles y portugueses, y principalmente entre la burguesía, la que se interesó directamente en remotas empresas comerciales y coloniales. Las masas de dichas naciones, comprendiendo en ellas nobles y campesinos, siguieron consagradas a la agricultura, y especialmente a la producción de lana.

Los monarcas y empresarios de España y Portugal recurrieron a la Banca extranjera para los capitales necesarios en sus empresas ultramarinas, con lo que los beneficios de tales inversiones iban a parar a los extranjeros más que a españoles y portugueses. Los banqueros italianos facilitaban los capitales, mas al avanzar el siglo, el predominio bancario pasó a los alemanes y holandeses. Con la decadencia del comercio veneciano, sus manufacturas decayeron también. Y, de este modo, la Banca italiana se vio privada de recursos suficientes con los que poder aprovechar las crecientes oportunidades de invertir capital en empresas ultramarinas.

Por otra parte, los banqueros de Alemania y del os Países Bajos estaban en situación de facilitar el necesario capital y cosechar los pingues beneficios consiguientes. Los mercaderes de estos países no habían sufrido desventaja alguna por el avance de los consabidos turcos. No eran tampoco rivales de los portugueses o españoles; no tenían rutas propias comerciales para el extremo Oriente. En otros términos, los italianos se quedaban en la calle; mientras españoles y portugueses los suplantaban como importadores de mercancías ultramarinas, los alemanes y holandeses los rebasaban como principales fabricantes, mercaderes y banqueros de Europa.

La razón de Estado contribuía, además, a estrechar las relaciones económicas entre España y Alemania. El nieto de los Reyes Católicos no era sólo rey de España, sino también señor de los Países Bajos y emperador Sacro Romano sobre todos los estados alemanes. El crecimiento consiguiente del capitalismo en Alemania se denota bien en la suerte de la familia Fugger. Éstos dándose cuenta del traslado del centro de gravedad comercial desde el Mediterráneo y la Europa central a la costa del Atlántico, habían establecido una sucursal de su negocio bancario en el puerto de Amberes, en los Países Bajos. En Amberes aparecieron muchas de las instituciones del capitalismo moderno. Allí se estableció la primera “Bolsa”. El seguro de vida empezó a usarse, lo mismo el seguro de buques y cargamentos.

Si bien los mayores beneficios capitalistas de la expansión económica de Europa en el siglo XVI pasaron pronto de España y Portugal a Alemania y los Países Bajos, parte apreciable de ellos no tardó en distribuirse, a través de “Bolsas” como la de Amberes, entre mercaderes, fabricantes y prestamistas de Francia, Inglaterra y Escandinavia.

El rápido crecimiento del capitalismo tuvo profundas consecuencias en las condiciones sociales tradicionales y en las instituciones de Europa. Infirió rudo golpe a la agricultura medieval y al sistema de “señoríos”. Además revolucionó la industria europea. Los gremios medievales, ya en decadencia, desaparecieron en gran parte. Resultaban demasiado locales y demasiado angostos para hacer frente al suministro universal de primeras materias y a la demanda mundial de artículos manufacturados. Apareció fuera de los gremios una nueva forma de organización productora y distribuidora (el llamado sistema industrial “doméstico” y de “despacho”), en la que un “intermedio capitalista adquiría las primeras materias, las repartía a los artesanos para que las trabajaran en casa por un salario, y vendía luego el producto terminado por cuanto podía sacar. Los antiguos gremios se vieron obligados a cambiar de política o someterse a una competencia ruinosa.

A medida que se hacía más distinta la línea de separación entre el capital y el trabajo, la “riqueza nacional” empezó a constituir un motivo de preocupación para los monarcas de la Europa occidental. Tanto capitalistas como trabajadores se acostumbraban a buscar apoyo y protección más en sus respectivos gobiernos nacionales que en su ciudad o provincia. En otras palabras: la expansión del comercio y la aparición del capitalismo apresuraron enormemente el nacimiento de una conciencia nacional y condujeron a la adopción de una política mercantil nacional.

La novedad en el mercantilismo del siglo XVI consistió en extenderlo de la ciudad a la nación y en trasladar su principal medio de acción del gremio local al monarca nacional. Bajo la política económica o “mercantilismo”, la aspiración principal de los Estados nacionales estribaba en conservar tanto oro y plata como fuera posible, lo mismo en el Tesoro Real que en el poder de los súbditos particulares.

Esta política mercantilista trajo como consecuencia el que los Estados nacionales comenzaran a establecer reglas estrictas para la industria y el comercio de sus súbditos, con el propósito de proveerse a sí mismos con existencias adecuadas de metales preciosos y poder así subvenir a los gastos de la potencia militar y naval.

La expansión económica de Europa en el siglo XVI fomentó el capitalismo, con las consecuencias ya indicadas, apresurándose, a su vez, aquélla, y aumentando la aparición de éste.

Bajo los auspicios capitalistas se inundó Europa de objetos de lujo orientales. En medio de semejante aparición súbita del capitalismo y de un nuevo mercado universal, Europa experimentó grandes dificultades y perturbaciones sociales. El abismo entre pobres y ricos se ensanchó. Hubo una epidemia de alzamientos campesinos y las ciudades soportaron mayores estrecheces. Las guerras internacionales se hicieron más costosas y mortíferas. Los reyes intensificaron su absolutismo.Fue especialmente notable el acceso de ciudadanos acomodados (la burguesía capitalista) a una influencia y distinción sin precedentes hasta entonces. Los nuevos burgueses se codeaban con reyes, duques y prelados. Algunos miembros de la burguesía lograron ingresar en las filas de la nobleza gracias a los servicios capitalistas prestados al monarca. Y muchos nobles hallaban cada vez más provechoso, aunque siempre poco honroso, el invertir capital en el comercio y la industria. La agricultura capitalista se iba aliando con el comercio y la industria capitalistas. La expansión de Europa en el siglo XVI dejó echados los cimientos para la moderna preponderancia de la burguesía.

Mayer - El renacimiento

Mayer

Capítulo IV Renacimiento

1.Nova Vita

La época que denominamos Renacimiento se extiende desde el comienzo del siglo XVI. Entendemos por Renacimiento esa marcha de un nuevo espíritu que acabó por destrozar el mundo medieval, colocó los cimientos de una nueva concepción occidental del mundo y produjo el nuevo mundo del siglo XVI.

“Renacimiento” del hombre occidental en el sentido de las palabras de San Pablo: “Y a renovaros en el espíritu de vuestra mente”. Esta motivación religiosa es de importancia pero no fue la única fuerza directora. Los grandes renovadores del siglo XIII, como San Francisco de Asís, utilizaron los términos renovatio, nova vita, renasci, regenerari. Los llamados “espirituales” empleaban los mismos términos. La consigna de la purificación de la Iglesia se convirtió en vehículo del deseo de mejora y elevación de la vida secular.

La aspiración de un Estado nacional apareció en los libros de los antipapistas. Las luchas entre el poder papal y los imperios europeos estaban destinadas a proseguirse desde el comienzo del siglo XIV hasta mediados del XVI. Inglaterra tomó la cabeza. John Wycliffe atacó al Papa como Anticristo. Inglaterra logró tener una Iglesia nacional independiente del Papa más de un siglo antes del movimiento reformista. Las ideas de Wycliffe fueron posteriormente difundidas en Bohemia por Huss, y aunque el Concilio de Constanza condenó a Huss a ser quemado en la hoguera, su crítica de la iglesia del Papa de Roma, sobrevivió para influir los movimientos reformistas del siglo XVI.

También en Francia estaba preparado el camino del galicanismo. Sólo en Alemania había avanzado tanto el desarrollo de los Estados territoriales que fue imposible la formación de una iglesia católica nacional.

La Iglesia romana consiguió rehacerse de nuevo, una vez pasados el Cisma y el período conciliar. Apenas habían pasado setenta años cuando estalló de nuevo el conflicto, por la acción de Lutero, y la Iglesia romana no pudo hacerle frente más que mediante una reforma total. En el siglo XVI, como resultado de la alianza de la Iglesia con la combativa Compañía de Jesús, el catolicismo ganó nueva fuerza y poder.

2. El descubrimiento de la Personalidad

liberarse del esquema universalista del mundo eclesiástico fue un proceso lento. La conquista real de esa época fue el descubrimiento de la personalidad.

En el año 1336 Petrarca describe en sus Cartas la ascensión al monte Ventoux. El poeta describe la impresión que le causó la vista desde la cumbre. “...lo que había leído del Athos y del Olimpo me parecía menos increíble puesto que veía las mismas cosas desde una montaña de menor fama... Suspiré por los cielos d Italia, que conservó más en mi cabeza que en mis ojos. Me entró un deseo indecible de ver de nuevo mis amigos y mi país... Mire hacia el oeste. No fui capaz de ver las cumbres de los Pirineos que forman la barrera entre Francia y España, y no porque hubiera ningún obstáculo sino debido simplemente a la insuficiencia de nuestra visión mortal. Se me ocurrió mirar al ejemplar de las Confesiones de San Agustín: “...y los hombres se maravillan de la altura de los montes, las olas poderosas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, y la inmensidad del océano y el curso de las estrellas, y se olvidan de lo que hay de admirable en ellos mismos”. Me avergoncé, descontento de mí mismo al ver que era aún capaz de admirar las cosas terrenas cuando hace mucho tiempo que podía haber aprendido, incluso de los filósofos paganos, que nada es maravilloso sino el alma, la cual, cuando es grande, no encuentra nada grande fuera de sí.”

La nueva experiencia de la naturaleza estaba dentro de los intereses humanistas del hombre, aunque la vista desde las cumbres de la montaña le abrumara: con profunda melancolía su mirada se vuelve en dirección a su país natal, Italia. El sentido nacional del hombre moderno, proclama su nacimiento. Pero el hombre no era todavía libre y autosuficiente. Petrarca sacó las Confesiones y se hizo contemplativo: el velo de la idea medieval del mundo cubría todavía sus ojos.

Del discurso De Hominis Dignitate, escrito por Pico de la Mirándola: “Como atestiguan Moisés y Timeo, cuando Dios hubo creado todas las cosas, acabó por pensar en modelar el hombre. Pero no le quedaba forma para una nueva criatura ni substancia de que dotarle, ni espacio que pudiera ocupar como dominador del Universo.” “No te he dado, Adán, morada fija, ni forma propia, ni función especial, para que puedas escoger tú mismo morada y función, y aquello que escojas será tuyo.” En opinión de Pico el hombre es libre y está colocado en un mundo infinito. Pico tiene una concepción plástica del mundo. Ataca decididamente las nociones astrológicas en las que todavía creía Ficino. El credo astrológico limita la libertad humana, el poder creador original del hombre. Es esto y no la fuerza de las estrellas lo que reconocemos y reverenciamos en la obra de los grandes pensadores, hombres de Estado y artistas. Al fundar más tarde la nueva Cosmología, Leonardo, Galileo, Kepler y Newton habían de seguir la vera causa.

Los ensayos de Montaigne, aparecidos por primera vez en 1580. Aquí se descubre, por fin, el individuo en el sentido moderno del término. Los artículos de la fe y los dogmas ya no estaban en el centro de la vida cotidiana. El derecho tradicional era para él pilar de la vida del Estado. La muerte de incorpora así a la vida, y ya no trasciende de ella. Se convierte en la verdadera piedra de toque de la libertad humana. Este hombre no necesitaba ya el consuelo de aquella Iglesia que pretendía el monopolio de todos los medios de la gracia. Tiene su vida firmemente en sus manos.

3. La nueva concepción de la naturaleza

El misticismo amoroso de los franciscanos, comenzó a quebrantar la separación entre naturaleza y espíritu, porque su principio de amor invadía toda la existencia. La imaginería y el simbolismo de los sermones místicos no podían satisfacer ya al hombre de los siglos XV y XVI. Leonardo da Vinci (1452-1519) fue indudablemente el hombre más universal del Renacimiento: pintor, hombre de ciencia, técnico, inventor, ingeniero y arquitecto, todo en una pieza. Para él, la experiencia se convirtió en intérprete entre la naturaleza creadora y el investigador humano. Su efectividad surge de la necesidad, guiada por la razón. Ninguna ley ni regla de la naturaleza puede formularse sin matemáticas.

Galileo no pudo encontrar un método epistemológico a priori que fuera seguro más que resucitando la doctrina platónica de la anamnesis, en la que el empirismo y la idea se encuentran en una relación definida. La experiencia fue elevada así por primera vez al nivel del conocimiento exacto. La teoría platónica del conocimiento del conocimiento había sido verdaderamente resucitada. Este proceso de desenterrar y comentar los escritos antiguos había comenzado desde que un cierto número de intelectuales griegos emigraron a Italia después de la conquista de Constantinopla por los turcos.

En la misma época la invención de la imprenta hizo posible la diseminación de este nuevo conocimiento. El clero deja de ser el propagador casi único de la educación y el conocimiento laico comienza en Occidente su camino triunfal. Se puede tomar a Erasmo de Rótterdam como ejemplo típico. Su interés real era el mundo occidental de las nuevas humanidades. Pero son precisamente los ricos trabajos de Erasmo los que muestran que el nuevo conocimiento humanista era aún totalmente susceptible de combinarse con los postulados básicos del cristianismo. Ve el mundo antiguo desde el punto de vista de este espíritu cristiano tolerante y universal, y en ese espíritu intenta resucitarlo y liberarse a sí mismo y liberar a sus contemporáneos de las fórmulas escolásticas vacías.

Como consiguió Leonardo incorporar el arte a su nueva “concepción matemática de la naturaleza” aquí puede servir de guía la geometría. Porque así como la geometría nos presenta plásticamente la actuación de las reglas de la razón, el arte está regido por las formas y figuras espaciales. La imaginación creadora se convierte en instrumento y condición de la investigación teorética: no comprendemos lo que la naturaleza nos presenta al acaso, sino sólo lo que podemos modelar y delinear en nuestras mentes.

Prevaleció una nueva concepción dinámica de la naturaleza. No hay en la existencia nada que pueda escapar a las leyes generales del movimiento. El espacio no comprende ya el mundo, porque ha evolucionado la idea de la infinitud del cosmos. El mundo humano no es ya más que un mundo entre muchos otros. Giordano Bruno se presenta sobre todo como heraldo de esta actitud.

El significado del mundo está engastado en las leyes de la belleza. Por otra parte, el mundo revela al hombre por la belleza: así sabemos que Keple llegó a la concepción de las leyes de los planetas por la idea “innata” de lo Bello y del Número.

4. Florencia y Maquiavelo

Fue en Italia donde se produjeron antes que en ningún otro sitio una consideración y estudio objetivos del Estado. Maquiavelo, Basándose principalmente en la situación e historia de Florencia, trató de reducir la ley y el gobierno de la vida de ese Estado. Así como el pensamiento político del mundo occidental derivó sus categorías básicas del Estado-ciudad ateniense, ese mismo pensamiento, enriquecido por el esplendor de la experiencia humana fue reexaminado.

En la historia de Florencia –que merece el nombre de primer Estado moderno del mundo- se encuentran unidos el pensamiento político más elevado y las formas de desarrollo humano más variadas.

Nicolás Maquiavelo fue discípulo de una época de crisis en el Estado y en la política. La constitución de Florencia cambió seis veces en el transcurso de cuarenta años.

Desde 1494 Italia se había convertido en campo de batalla de los ejércitos europeos. Los Estados italianos se vieron envueltos en un gran conflicto europeo. Sólo una Italia unida podía imponerse en estas luchas. Pero una Italia dividida, muy alejada del viejo ejemplo romano, no podía ser sino juguete de las potencias europeas.

Maquiavelo considera la historia como modelo y maestra de la realidad, precisamente porque éste no tenía una idea de progreso. En todas las ciudades y en todas las naciones prevalecen los mismos deseos y pasiones que han prevalecido siempre; por cuya razón sería tarea fácil para quien examine cuidadosamente los acontecimientos pasados prever los que van a ocurrir en toda la República, y aplicar los remedios utilizados por los antiguos en casos parecidos; o, de no encontrar ninguno utilizado por ellos, emplear otros nuevos que hubiesen podido utilizarse en circunstancias similares. Pero como los lectores olvidan o no comprenden esas lecciones y si las comprenden los gobernantes no las atienden, se sigue de ahí que los mismos desórdenes son comunes a todos los tiempos. Toda legislación y toda organización política tienen que partir del hecho de que todos los hombres han de ser considerados como fundamentalmente malos.

El método de Maquiavelo es todavía inductivo y experimental, de la misma manera que la magia empírica de sus contemporáneos utilizaba el experimento y la comparación de los fenómenos.

Veía en los estados libres las condiciones más favorables para que se produjera la virtú. Este concepto incluye tanto la virtud del ciudadano, la del gobernante y la devoción altruista por la comunidad, como la sabiduría y ambición de los grandes fundadores y conductores de Estados. Maquiavelo consideraba la virtú requerida por el conductor de un Estado, como virtú de un orden más alto. Su concepto de virtú creaba así un puente interno entre las tendencias monárquicas y republicanas. Por encima de la virtú se encuentra la fortuna. La voluntad del hombre es capaz de controlar el destino.

Finalmente, se añade a los conceptos de virtú y fortuna el de necesita. La necesita moldea a los hombres en la forma requerida por la virtú.

De conformidad con la tradición antigua y romana, Maquiavelo distinguía seis formas de gobierno, distribuidas en tres pares: monarquía-despotismo, aristocracia-oligarquía y democracia-anarquía. De acuerdo con Cicerón y Santo Tomás, está a favor de una forma mixta de gobierno. Pero era más importante para él la estabilidad del gobierno que su forma. Sin embargo, la cristalización final de sus exhortaciones no es la monarquía mixta de la teoría del Estado de Santo Tomás, sino una especie de República autoritaria.

Consideraba la religión como un instrumento clave para la unificación del Estado. Los Discursos hablan de la religión, las leyes y el ejército como de los tres pilares del Estado. Acusaba a la religión católica de debilitar a los hombres: “Nuestra religión glorifica a los hombres de vida humilde y contemplativa mas bien que a los de vida activa”. Como fácilmente puede comprenderse, la Iglesia puso en el Indice todas sus obras.

5. Tendencias económicas y sociales del Renamiento

Así como la conciencia política moderna surgió a la vida de Florencia, podemos también observar allí el ritmo de una civilización de clase media, destinada a ser el modelo de la evolución subsiguiente de la sociedad occidental.

Los gremios de los mercatores que mantenían el comercio con países distantes y las transacciones monetarias conexas con ese comercio redujeron a los gremios “bajos” a una situación de dependencia. Cuanto más rica se hacía la clase mercantil, cuanto más se convertía en una clase de grandes capitalistas, tanto más pasaba la “democracia política” del Estado florentino a ser una careta que ocultaba el gobierno plutocrático.

Las familias ricas habían conseguido mantenerse adaptándose a las nuevas condiciones sociales. “Las condiciones sociales previas de la corte moderna son: en lo económico la existencia de una gran riqueza, en lo político la consolidación del Estado absoluto y en lo social la decadencia de los caballeros y la “urbanización” de la nobleza”. La corte atraía a los artistas e intelectuales y surgió una nueva poesía cortesana. La Iglesia no obstaculizó su desarrollo. La Curia desempeñó juntamente con Florencia un papel principal en la introducción de una nueva exactitud en asuntos de dinero, basada en la contabilidad por partida doble. La Iglesia eliminó los obstáculos ideológicos que se oponían a la prosecución del lucro en la época moderna. La personalidad individual se impuso y la teología reconoció el hecho, precisamente en relación con la esfera económica.

El camino seguido por la nueva civilización de la clase media creó, de hecho, un tipo. Es evidente que su desarrollo no se limitó a Florencia, ni siquiera a la época del Renacimiento.

Las nuevas condiciones económicas de los mercaderes florentinos encontraron su formulación clásica en el tratado escrito por Leon Battista Alberti. Su actitud básica es decididamente antiseñorial. Una de las nuevas virtudes racionales esenciales para el mercader es el lucro. La nueva ética de los negocios tenía sus raíces en un espíritu, nuevo, de cálculo exacto que también llegó, saliendo de Florencia, a conquistar el mundo.

El hombre aprendió a analizar racionalmente los fenómenos naturales, y a controlarlos una vez comprendidos. Leonardo se dio perfecta cuenta de la fecunda interacción entre la ciencia natural y la aplicada.

Uno de los avances más importantes logrados en la esfera de la ciencia aplicada en el siglo XV, fue la invención de la fundición de hierro y la transición a los métodos de los hornos de fundición. La extracción de mineral de hierro alcanzó una extensión enorme, lo que resultó esencialmente ventajoso para fines militares. También fue obra de los siglos XV y XVI el progreso en la medida del tiempo. La brújula se utilizó por primera vez en el siglo XVI y los instrumentos para determinar la situación en el mar se inventaron a finales del XV. Sin ellos, difícilmente hubiese podido ser el Renacimiento la época de los grandes descubrimientos coloniales.

En toda Europa la historia económica ha dedicado hasta ahora escasamente la atención necesaria al contraste entre la estructura económica de los siglos XV y XVI y la del período que denominamos vulgarmente “época mercantil”. En tanto que el desarrollo económico desde los siglos XIII y XIV hasta el XVI se caracterizó por el predominio de la iniciativa privada en el campo del comercio exterior, a finales del siglo XVI encontramos un aminoramiento de esa iniciativa privada que se ve reemplazada por la estatal. (Colbertismo). La intervención del Estado en las empresas va ligada con una serie creciente de otros tipos de intervención, animados por la aspiración de hacer que coincidan los límites de las unidades económicas con los del Estado. Sin embargo, esto no implica un cambio en la estructura social: el hombre de negocios de los siglos XV y XVI actuaba independientemente del Estado. Durante un cierto tiempo el hombre de negocios y el Estado podían unirse porque el naciente Estado moderno (absoluto) parecía garantizar sus negocios contra las restricciones feudales. El negociante se guiaba únicamente por su interés pecuniario. Por otra parte, el Estado se guiaba predominantemente por el interés de poder, aunque ambos intereses estuvieran ligados.

Hasta que punto ayudó al desarrollo del capitalismo la reforma de la Iglesia iniciada por Lutero y Calvino. Estos eran de una mentalidad demasiado anti-capitalistas para fomentar deliberadamente el desarrollo del capitalismo. Pero al discutir la conexión entre los hechos terrenos y la recompensa celestial, ambos eliminaron restricciones de la conducta terrena y el capitalista pudo juzgar sus actividades con criterios exclusivamente económicos.

Los cambios importantes que se producen en la geografía económica a finales del siglo XVI. La economía se traslado gradualmente de la Europa Central y Meridional hacia la occidental. La Europa occidental quedó dividida en dos: de un lado el sur, católico (España y Portugal), y de otro el norte, protestante.

6. La filosofía del Estado en el siglo XVI

Estudiar la filosofía del Estado fuera de Italia. En la segunda mitad del siglo XVI los llamados monarcómanos, al defender la libertad confesional, expusieron la opinión de que la relación entre monarca y pueblo debía considerarse como una relación contractual. Al hacerlo así no se oponían a la realeza como tal, sino únicamente a aquellos monarcas que se negaban a someterse al jus divinum y al jus naturale y también a las leges. Los monárquicos utilizaban los términos escolásticos tradicionales, pero la importancia y la influencia de sus escritos derivaba de una valoración nueva de las leyes positivas y las funciones del Estado. En su opinión el poder supremo del Estado residía en el pueblo.

Juan Bodino (1530-96), parlamentario y jurista, da sin duda la exposición más madura de la teoría política del siglo XVI. Fue el primer tratadista moderno del derecho público que afirmó la indivisibilidad de la soberanía. El método de Bodino es empírico y comparativo aunque no en la misma forma que el de Maquiavelo.

El pensamiento de Maquiavelo se concentra exclusivamente en el Estado. El francés Bodino, tenía una visión más amplia. Lo que hace no es un tratado sobre el Estado, sino una doctrina de bases amplias de las múltiples ramificaciones de la vida política. Los dos pensadores están separados por dos generaciones y en el último cuarto del siglo XVI, Bodino tenía a su disposición unos conocimientos totalmente distintos y mucho más exactos de las condiciones históricas esenciales de la ciencia política. La idea de justicia es la fuerza directora del pensamiento de Bodino.

El derecho natural o, acaso mejor, individual de cada nación lo producen los hechos naturales concretos de su historia. Pero una vez creado, ese derecho evoluciona hacia una forma universal impuesta por la idea de justicia.

La estructura del Estado tal como aparece en Bodino. Lo define como una asociación de una serie de familias, gobernada por un poder supremo y por la justicia, y en el cual la propiedad privada está separada de la estatal. La unidad del poder supremo del Estado, que está subordinado únicamente a Dios, reside en la soberanía. Bodino entiende por soberanía únicamente el poder supremo del Estado al que no está subordinada la propiedad privada, que es el derecho de los individuos. Únicamente la monarquía absoluta podía liberar a la clase industrial del siglo XVI de las interferencias de la nobleza feudal y sólo él era capaz de acabar las guerras religiosas que perturbaban la actividad comercial, de restaurar la igualdad jurídica y de unir Francia. Bodino distinguía dos formas de gobierno: una con derechos de soberanía y la otra sin ella. En la primera forma recae sobre el monarca, en la segunda sobre los magistrados. El soberano puede crear derecho, pero puede también derogarlo. Pero el derecho natural, al que también está sujeto el monarca, exige que una vez hechas las promesas se cumplan, pues de otro modo se destruiría la confianza pública de la que es protector el monarca. Pide un estudio completo y una declaración de las ocupaciones y propiedades de todos los ciudadanos y un registro fidedigno de la propiedad territorial. Sus estudios del presupuesto y de un sistema ordenado de finanzas públicas, así como sus notas sobre reforma monetaria revelan el nuevo espíritu calculador de la época del capitalismo. La idea de la armonía en la teoría del Estado de Bodino, permite construir fácilmente un puente hacia la idea de tolerancia. En la idea de tolerancia encontramos una fuerza directora fundamental del período del Renacimiento cuya importancia se prolonga más allá de esa época.

La idea de tolerancia expresa un aspecto fundamental del hombre occidental. Todos los hombres no son iguales, pero todos son libres. Lo que ocurre es que esta libertad no puede entenderse como privilegio de la clase capitalista aunque fuera de esta clase la que tomará la idea de la autonomía del hombre como grito de guerra contra las clases privilegiadas que eran la nobleza y el clero.

El pensamiento político y social de Bodino se basaba en una nueva consideración histórica y natural del hombre. Con la adaptación del pensamiento a las categorías de la historia y la naturaleza, se descubrió la nueva idea de la tolerancia. Y habiendo de comprenderse la razón humana como natural, como lo natural se orienta hacia la naturaleza, la época del Renacimiento descubrió en el Estado y en la sociedad sus leyes propias de movimiento. Dios se manifiesta en la religión y en la naturaleza.

El pensamiento político del continente fue transmitido a Inglaterra en especial por Ricardo Hooker. Su obra “De las Leyes de la Constitución” ha de considerarse la principal obra política del período isabelino, sino a la vez como un nexo real entre el pensamiento político de finales de la Edad Media y la filosofía política de Hobbes, Harrington y John Locke. Introdujo en el pensamiento político inglés la teoría del contrato que dio su fundamento a la filosofía del Estado de la clase media. Incorporó la libertad civil a la teoría del contrato.

Hooker concebía el derecho natural expresamente como el derecho de la razón. La razón permite al hombre distinguir entre la verdad y el error, el bien y el mal. El inglés difiere del francés en su concepción de la soberanía. La soberanía está representada por el parlamento; sólo el parlamento es capaz de crear leyes que obliguen al individuo; el Parlamento representa al rey y a los súbditos. Hooker al distinguir entre las verdades fundamentales y accesorias de los credos de la Iglesia, se hizo también campeón de la idea de la tolerancia. Era racionalista y anglicano y creía aún que era posible el convencimiento pacífico, racional de las personas que mantuvieron opiniones religiosas opuestas.

Europa del Siglo XVIII

El pensamiento en la Europa del siglo XVIII

El pensamiento del siglo XVIII está dominado por las ideas que divulga la Ilustración a través de la Enciclopedia, que publicarán Diderot y D’Alembert, y donde se destacan los argumentos racionalistas.

Pero la ideología política y filosófica que dominaba en el momento era el absolutismo monárquico, cuyo máximo representante es Hobbes: el despotismo ilustrado.

En las cuestiones económicas la ideología dominante era la de los fisiócratas, que afirmaban que la riqueza de un país estaba en la agricultura: en la naturaleza.

La economía

En Inglaterra primero, y en todos los países después, se hace un esfuerzo por acceder a la industrialización, pero sin haber abandonado todavía las estructuras económicas del Antiguo Régimen.

En el siglo XVIII, y con motivo de la industrialización, se imponen nuevas formas de organización del trabajo, que serán la base de la revolución industrial.

La industria

A pesar de que en este siglo comienza el despegue de la industria, para la mayoría de la población la agricultura sigue siendo la base de su economía, y de la riqueza tanto nacional como doméstica.

Otra de las características del siglo XVIII es la monetización de la vida. Todo se paga con dinero, aparece el papel moneda y se crean los primeros bancos nacionales.

La industrialización, incipiente, implica unas nuevas formas de organización de la tarea, entre las que destaca la división del trabajo, muy efectiva para el aumentar la productividad en la fábrica. En la mayoría de los países la industrialización es impulsada desde el Estado, con la creación de las reales fábricas.

La industria textil es la más representativa del proceso, ya que es la primera que se desarrolla. La industria, en un principio, tiende a instalarse en zonas rurales.

El comercio marítimo

El comercio internacional del siglo XVIII se caracteriza por el proteccionismo que practican los países. La mayor parte del comercio internacional se hace por mar.

Desde 1785 se permite el libre comercio con América en todos los puertos. Las medidas proteccionistas que intentan poner todos los países se ven debilitadas por las guerras y los tratados de paz.

Se hacía un comercio internacional triangular entre África y las Antillas con esclavos negros, de las Antillas a la metrópoli con mercancías de alto valor, y de la metrópoli a África con mercancía barata.

Los convoyes dejan de ser empresas en las que los propios navegantes son capitalistas. Los financieros pasan a ser grandes compañías, anónimas, y los navegantes se convierten en personal asalariado.

El comercio con Oriente se especializa en el transporte de especias y té, mercancías en las cuales la hegemonía británica es indiscutible desde 1757.

Los mercados europeos

El comercio francés es el que más orientado a Europa está, gracias a su especialización textil. Centro Europa es el gran mercado de granos. El sur de Europa proporciona grano y frutas y verduras, e Inglaterra y los Países Bajos los productos industriales.

Redes financieras

En el siglo XVIII la circulación de metales preciosos por toda Europa es muy importante, a pesar de que ya no hay un incremento significativo de oro y plata.

Se crean las haciendas públicas y los bancos, en las ciudades importantes, que sólo tienen influencia en su ciudad. Algunos de ellos se conciben con la función principal de financiar al Estado.

La agricultura

La revolución agrícola fue una condición necesaria para la revolución industrial.

La agricultura sigue siendo fundamentalmente autárquica, pero comienza a generar excedentes para alimentar a una creciente población urbana. Los nuevos productos americanos están totalmente integrados en la dieta. Aparecen nuevas técnicas agrícolas, como la asociación de cultivos o el abono ganadero.

En Gran Bretaña, a mediados de siglo se impulsaría la revolución industrial, gracias al traspaso de capitales, fuerza de trabajo y mercancías, de la agricultura a la industria.


El siglo XVIII en España

Transformaciones políticas

A la muerte de Carlos II sube al trono Felipe V, un Borbón. La época borbónica se caracteriza por buscar un Estado más homogéneo, al intentar que toda España tuviera una misma legislación. En 1715 se derogan los fueros de Mallorca, en 1716 los de Cataluña, y se promulgan los Decretos de Nueva Planta.

Las Cortes españolas se habían dejado de convocar en el siglo XVII. También se extinguen las diputaciones y se crea una nueva oligarquía política encabezada por el corregidor.

Los antiguos consejos colegiados que asesoraban al rey, se convierten en secretarios de Estado y de Despacho, es decir, en cargos unipersonales. En el ámbito local se crearon los intendentes, para la hacienda, la justicia, la policía y el ejército.

El reformismo borbónico

Durante el siglo XVIII se producen continuas denuncias de los ilustrados sobre la situación del campo en España, la industria, la educación, la cultura etc.

Se imponen en Aragón los Decretos de Nueva Planta: una nueva organización política del reino. La Administración borbónica crea las Cortes de España, suprimiendo las de los distintos reinos.

La pragmática borbónica tiene carácter universal, cosa de la que carecía la de los Habsburgo. Este carácter universal permite que exista una única legislación para toda España.

El sistema fiscal siguió estando separado en los diferentes reinos. También en la participación en el Ejército continuaron los privilegios.

Los conflictos con la corona son frecuentes ya que esta intenta, por todos los medios, recuperar los derechos que están en manos de las instituciones de los diversos reinos.

En 1757 se liberaliza el comercio con América, concediendo libertad de comercio a distintos puertos.

Ordenamiento del territorio

Los Borbones hacen una nueva división del territorio. Se divide el país en capitanías generales, que tienen funciones gubernativas y judiciales, al frente de las cuales está la audiencia.

Se establecen 25 provincias, herederas de los avatares de la Reconquista y la Administración austríaca. Por debajo se crearon 81 corregimientos agrupados en 10 partidos, al frente del los cuales se puso un superintendente.

Pierre León: «Historia económica y social del mundo». Tomo 3 Encuentro. Madrid 1984

Miguel Artola: «Enciclopedia de historia de España». Alianza. Madrid 1988

Bernhard Groethuysen: «Formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo XVIII». Fondo de Cultura Económica. México 1981